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Mateu Orfila y la fundación de la toxicología

Mahón, 1787. París, 1853. Mateu Orfila, menorquín, fundó la toxicología forense moderna y demostró que el envenenamiento, antes asunto de sospecha, era ahora asunto de prueba química.

Hasta principios del siglo XIX, demostrar un envenenamiento ante un tribunal era un ejercicio de retórica, no de ciencia. Los testigos describían los síntomas; los médicos opinaban sobre si eran compatibles con tal o cual veneno; los inculpados negaban. La defensa más eficaz era recordar que el cuadro clínico de muchos envenenamientos —arsénico, antimonio, mercurio— es similar al de varias enfermedades naturales y que ninguna prueba positiva podía hacerse sobre el cuerpo. La tradición legal europea había acumulado siglos de absoluciones por falta de prueba en casos donde la sospecha era razonable y la evidencia, frágil.

Mateu Orfila, menorquín nacido en Mahón en 1787, transformó esto. Durante las décadas de 1810 a 1850, en París, demostró sistemáticamente que casi todos los venenos clásicos podían identificarse en restos cadavéricos por procedimientos químicos reproducibles. La toxicología como ciencia forense empieza, en sentido moderno, con sus libros y con su práctica como perito en juicios penales. Cuando un químico forense actual aplica un test de Marsh para detectar arsénico, está usando, con mejoras incrementales, lo que Orfila popularizó.

De Mahón a París

Orfila estudió medicina en Valencia y Barcelona, después en Madrid, y finalmente en París, donde llegó en 1807 en el contexto de la breve apertura cultural de la corte de Carlos IV antes de la invasión napoleónica. Doctorado en medicina en 1811 en París, se quedó allí el resto de su vida. Pasó por todas las posiciones académicas que la Restauración y luego la Monarquía de Julio le ofrecieron: profesor de química médica en la Faculté de Médecine, decano de la misma facultad, miembro de la Académie de Médecine. Murió en París en 1853.

Su Traité des poisons tirés des règnes minéral, végétal et animal, publicado en dos volúmenes en 1814-1815, es uno de los textos fundacionales de la toxicología. La obra reúne, sistematizado por familias de venenos, todos los datos clínicos, fisiológicos y químicos disponibles sobre cada uno: dosis tóxicas, síntomas, hallazgos post mórtem, métodos de identificación química. La novedad no eran los datos individuales —algunos eran conocidos— sino la sistematización: tener en un solo texto una taxonomía completa de los venenos y los procedimientos para identificarlos.

El test de Marsh

El procedimiento que mejor representa el espíritu del trabajo de Orfila —aunque no fue él quien lo inventó— es el test de Marsh para arsénico. James Marsh, químico inglés de Woolwich, lo describió en 1836 después de un caso anterior en el que su prueba no pudo presentarse en juicio por inestabilidad de la evidencia. El test se basa en hacer pasar el material sospechoso —tejido cadavérico, restos de comida, vísceras— por un reactor con cinc y ácido sulfúrico, donde el arsénico, si está presente, se reduce a arsina (AsH3), gas que se descompone térmicamente al pasar por una llama de hidrógeno depositando una mancha negra de arsénico metálico sobre una placa fría.

Orfila adoptó el test rápidamente. Lo refinó, lo extendió a las matrices biológicas más complicadas —tejido hepático, óseo, fluidos—, lo usó como perito en uno de los casos forenses más mediáticos del XIX: el caso Lafarge en 1840. Marie Lafarge, acusada de envenenar a su marido con arsénico, fue condenada en buena parte por el testimonio de Orfila, quien aplicó el test de Marsh a tejidos del muerto y a residuos de comida y demostró la presencia inequívoca de arsénico. La sentencia fue controvertida en su momento —la defensa argumentó que el arsénico podía proceder del suelo donde el cuerpo había sido enterrado, hipótesis que Orfila refutó con experimentos comparativos— y se convirtió en el primer gran caso forense del siglo XIX donde la química decidió la culpabilidad.

El espíritu del trabajo de Orfila

Lo que distingue a Orfila de los químicos analíticos puros del momento es el énfasis sistemático en el rigor experimental aplicado al peritaje. Antes de declarar la presencia de arsénico en un cadáver, hay que demostrar que el cuerpo no contenía arsénico naturalmente, que los reactivos no introdujeron arsénico, que el método no produce falsos positivos en otros metales, que la identidad del arsénico se confirma por al menos dos métodos independientes. Esa cultura de los controles positivos y negativos es, hoy, estándar en cualquier química analítica decente; en 1820 era una innovación.

Orfila también insistió en cuantificar. No bastaba con declarar presencia: había que estimar cantidad. Una traza de mercurio en un cadáver puede provenir del entorno; una cantidad masiva indica envenenamiento. La diferencia entre traza y dosis tóxica es lo que separa la opinión médica del peritaje químico. En sus libros y en sus testimonios, Orfila volvía repetidamente sobre este punto.

Hay que decir, para ser justos, que Orfila también cometió errores. Uno notable: en el caso Lafarge, su análisis posterior fue cuestionado por otros químicos —algunos competidores académicos— y la duda razonable sobre la solidez de la evidencia química duró años. La toxicología forense del XIX estaba aprendiendo sobre el terreno, y los falsos positivos por contaminación de reactivos, los falsos negativos por degradación post mórtem, las sutilezas del estado de oxidación del arsénico en distintos tejidos, todos se descubrieron a través de casos donde la prueba no era tan limpia como parecía.

El alcance del campo

La toxicología que Orfila dejó establecida cubría los venenos clásicos: arsénico, mercurio, antimonio, plomo, cobre, los alcaloides vegetales (estricnina, morfina, atropina, los principales), los ácidos y bases concentrados, ciertos compuestos orgánicos como el cianuro. La extensión a venenos modernos —metales raros, alcaloides poco comunes, organofosforados, micotoxinas, drogas de síntesis— ocupó al campo durante el resto del XIX y todo el XX. Pero la metodología general que Orfila estableció —análisis sistemático con controles, cuantificación, identificación por al menos dos métodos independientes, presentación pericial con cadena de custodia— sigue siendo la metodología básica.

Coda

Hay un aspecto del trabajo de Orfila que vale la pena rescatar al margen del científico. La toxicología forense es, intrínsecamente, una disciplina sobre la duda razonable. La química analítica aplicada a la justicia penal cambió la idea de prueba: del testimonio al rastro material. Esa transición epistémica es paralela a la transición que vivió la propia química experimental durante el XIX, donde el dato cuantitativo reproducible reemplazó progresivamente al testimonio cualitativo del observador como evidencia primaria.

Orfila no es solo el fundador de la toxicología; es uno de los químicos que más activamente trabajaron para que la química analítica fuera tomada en serio fuera del laboratorio. Cuando un perito hoy testifica en un juicio sobre la composición de una droga, sobre la presencia de explosivos en residuos, sobre la identidad de un veneno en un cadáver, lo hace con una autoridad construida en parte por Orfila ante los tribunales franceses entre 1820 y 1850. La química como prueba legal es uno de sus legados más concretos.