Cómo se tradujo a Lavoisier al castellano
El Tratado elemental llegó al castellano en 1798, nueve años después del original. Cómo se traduce una nomenclatura nueva, qué decisiones lingüísticas perduran, y por qué la química en español tiene los nombres que tiene.
El Traité élémentaire de chimie de Antoine-Laurent de Lavoisier, publicado en París en 1789 con el subtítulo «presentado en un orden nuevo y según los descubrimientos modernos», es uno de los textos más influyentes de la historia de la ciencia. Junto con el Méthode de nomenclature chimique firmado por Lavoisier, Guyton de Morveau, Berthollet y Fourcroy en 1787, define el sistema de nombres químicos que prácticamente todos los idiomas occidentales adoptaron en las décadas siguientes y que sigue siendo, con mutaciones menores, la base de la nomenclatura química moderna.
La traducción al castellano del Tratado, hecha por Pedro María Olive y publicada en Madrid en 1798, es uno de los actos editoriales más importantes de la historia de la ciencia en español. Hay que detenerse en ella, porque las decisiones que Olive tomó en 1798 —qué palabras de Lavoisier traducir cómo, qué mantener en latín, qué inventar— condicionan todavía el vocabulario químico hispano. Cuando un estudiante mexicano dice «oxígeno» y «ácido sulfúrico», está pronunciando palabras que entraron al castellano por una decisión editorial concreta tomada por una persona concreta hace dos siglos.
El problema de la nomenclatura nueva
La química anterior a Lavoisier nombraba las sustancias por procedencia, por descubridor, por color, por sabor, por olor —«sal de Glauber», «espíritu de vitriolo», «aceite de tártaro»— sin sistema. La revolución lavoisierana propuso un principio simple: el nombre del compuesto refleja la composición. Eau régale dejaría de llamarse así para llamarse «mezcla de ácido nítrico y ácido clorhídrico». El espíritu de vitriolo se convertiría en «ácido sulfúrico». Y el sistema sería sistemático: ácidos según su elemento de origen, sales según el ácido y la base que las componen, óxidos según el metal y su grado de oxidación.
El Méthode de 1787 hizo el trabajo en francés y, secundariamente, dio raíces latinas y griegas para construir los términos: oxygène del griego «engendrador de ácido», hydrogène «engendrador de agua», azote «sin vida», y así. Los traductores de Lavoisier a otros idiomas tuvieron que decidir si traducir esos neologismos o dejarlos como préstamos.
La decisión de Olive
Pedro María Olive (1754-1814) era licenciado en derecho y traductor profesional, no químico. Trabajó por encargo de la Real Imprenta de Madrid bajo la supervisión técnica de Juan Manuel Munárriz, militar y profesor de matemáticas en la Academia de Ingenieros de Alcalá. Munárriz revisó la terminología y proporcionó parte del aparato crítico. Olive ejecutó la traducción.
La decisión clave que ambos tomaron fue traducir los neologismos de Lavoisier al castellano siguiendo el mismo principio etimológico: hispanizar las raíces grecolatinas. Oxygène se hizo oxígeno. Hydrogène → hidrógeno. Azote → ázoe (esa fue la palabra inicial; nitrógeno entraría más tarde por influencia anglosajona). Soufre → azufre (el término ya existía y se mantuvo). Carbone → carbono. Phosphore → fósforo.
Para los ácidos, la regla derivada del francés se mantuvo: acide sulfurique → ácido sulfúrico; acide nitrique → ácido nítrico. Las sales siguieron: sulfate de soude → sulfato de sosa (después se cambiaría a sulfato sódico con la generalización del nombre sodio).
Hay decisiones particulares que hoy parecen evidentes y entonces no lo eran. Olive y Munárriz adoptaron cloro para chlore, yodo para iode, ambas con la sustitución «ch»→«c» y la adopción de «-o» final estándar de los sustantivos castellanos. La forma iodo sin «y» persistió en muchos textos hasta el siglo XX antes de la estandarización. Bromo entró por la misma puerta.
Lo que se perdió en la traducción
Ninguna traducción es perfecta. Hay matices del Tratado que en castellano cambiaron de tono. Lavoisier era cuidadoso con la lengua —su mujer, Marie-Anne Paulze, fue colaboradora científica y traductora a su vez—, y muchas distinciones en el original tienen forma léxica precisa. La traducción de Olive es honesta y técnicamente competente pero, como toda traducción del XVIII, simplifica.
Hay además un problema profundo: el Tratado venía con una agenda anti-flogística explícita. Lavoisier estaba demoliendo, capítulo a capítulo, la teoría del flogisto que había dominado la química durante el XVIII. La traducción al castellano llegó a un público que, en buena parte, no había seguido el debate francés y para el que la palabra «flogisto» estaba todavía operativa. La nomenclatura nueva entraba a competir con la nomenclatura tradicional sin que la guerra previa estuviese ganada.
La generación química española de la primera mitad del XIX —Mateu Orfila en toxicología, José Luis Casaseca en química industrial, los profesores madrileños del Real Conservatorio de Artes— heredó esa nomenclatura traducida y la consolidó. La generación mexicana —Río de la Loza, Bárcena— la adoptó tal cual. Hoy, cuando un estudiante latinoamericano abre un libro de texto, está leyendo una nomenclatura que es, en lo esencial, la decisión de Olive de 1798.
Por qué la traducción importa
Hay una idea bonita y errónea que dice que la ciencia es independiente del idioma en que se escribe. La química, como cualquier disciplina con vocabulario técnico denso, depende del idioma en que se enseña: las metáforas que la nomenclatura sugiere, las analogías que su gramática permite, las distinciones que las raíces revelan. Una nomenclatura sistemática y bien construida —como la de Lavoisier— enseña, simplemente al usarse, qué clase de cosas son los compuestos químicos.
La traducción de Olive eligió bien. Las raíces grecolatinas que adoptó hicieron que el castellano científico tenga, todavía hoy, una uniformidad y una transparencia etimológica considerables: cualquier estudiante hispanohablante puede leer «sulfato cobaltoso» y deducir, con regla y composición, que es la sal del ácido sulfúrico con un cobalto en estado +2. Esa transparencia es un activo cultural. No se construyó sola.
Coda
El Tratado de Lavoisier en castellano —en su edición Olive de 1798 o en las reediciones posteriores— es uno de los libros que vale la pena haber abierto al menos una vez en la vida. No por información química actual: prácticamente todo lo del Tratado se enseña hoy con más detalle en cualquier libro de bachillerato. Vale la pena por la prosa, por la claridad de la exposición, por el placer de leer al inventor de la química moderna explicar lo que está haciendo en el momento mismo en que lo hace. Y vale la pena en castellano para apreciar las decisiones de un traductor del XVIII que fijaron el vocabulario de la disciplina.
La química en español es la química que es porque alguien, en 1798, decidió decir «oxígeno» y no «aerogen», «hidrógeno» y no «hidrogénico», «cloro» y no «chloro». Pequeñas decisiones de un trabajo aparentemente menor; consecuencias enormes en la cultura científica de medio mundo durante dos siglos. Pedro María Olive no figura en muchos manuales de historia de la química. Pero todo el mundo en habla hispana le debe parte del vocabulario con que piensa.