Andrés Manuel del Río y el descubrimiento perdido del vanadio
En 1801, en una mina de Zimapán, un mineralogista español aisló un elemento desconocido y lo llamó eritronio. París lo redujo a cromo impuro. Treinta años después, Suecia lo redescubrió y lo llamó vanadio.
Hay descubrimientos que llegan tarde y descubrimientos que llegan demasiado pronto. El del vanadio por Andrés Manuel del Río pertenece a la segunda categoría, que es la más cruel. Llegó pronto, llegó completo, llegó documentado, y llegó al lugar equivocado: la periferia colonial de un imperio en decadencia, lejos de las academias que decidían qué era un descubrimiento y qué no. Hizo falta un cuarto de siglo para que Europa descubriera lo que del Río ya había aislado, caracterizado y bautizado. Y cuando lo hizo, le puso otro nombre.
La historia es simple en lo factual y compleja en lo humano. Del Río encontró el elemento, dudó de sí mismo, se retractó, y vivió treinta años más viendo cómo otros recogían el crédito. La forma en que ese desenlace se cuenta —si es una desventura, si es una lección, si es una injusticia— depende de qué importa más: la prioridad nominal o la realidad del trabajo experimental. La química como campo se ha quedado normalmente con la versión más clara y menos justa.
Un mineralogista en la periferia
Andrés Manuel del Río Fernández nació en Madrid en 1764. Estudió en el Real Colegio de Mineralogía de Almadén, fue enviado por la corona a perfeccionarse a las escuelas de minas de Freiberg —donde tuvo a Werner por profesor— y a la École des Mines de París. En París conoció a los químicos del momento: Lavoisier, Vauquelin, Chaptal. Era 1789, el año del Tratado elemental y de la Bastilla; la química se reorganizaba sobre la base del oxígeno mientras Francia se reorganizaba sobre la base de la nada. Del Río salió de allí formado en lo más nuevo de la disciplina.
En 1794, con treinta años, fue enviado al Real Seminario de Minería de México como catedrático de mineralogía. La institución, abierta apenas en 1792, era una de las apuestas ilustradas más ambiciosas del imperio. La idea era clara: la minería era el eje económico de la Nueva España, y la minería sin química era trabajo a ciegas. El seminario nació para producir ingenieros con la formación que en Europa solo daban las grandes escuelas, en una América que hasta entonces había vivido de la práctica artesanal.
Del Río se quedó en México sesenta y cinco años. Dio clases, escribió libros, recolectó minerales, midió, analizó, peleó con la administración. Publicó en 1795 los Elementos de orictognosia, el primer manual de mineralogía moderna escrito en castellano —y uno de los primeros del continente— y la base sobre la que se formaron varias generaciones de ingenieros mexicanos. La cátedra en el Seminario fue, durante décadas, la única en América donde se enseñaba mineralogía y química con el rigor de las grandes escuelas europeas.
Ese contexto es importante. Del Río no era un aficionado provinciano. Era un científico de formación europea trabajando con instrumentos europeos en un puesto de prestigio dentro del imperio español. Lo que le faltó no fue la calidad, sino la audiencia.
El mineral de Zimapán
Hacia 1801, un ingeniero del seminario le mandó a del Río una muestra de un mineral pardo procedente de la mina de Cardonal, en Zimapán, en lo que hoy es el estado de Hidalgo. Era una galena —un mineral de plomo, esencialmente— pero con propiedades anómalas. Del Río la analizó por las técnicas de la época: ataques con ácidos, calcinaciones, precipitaciones, pruebas con sales. Y encontró algo que no encajaba.
Las disoluciones del mineral daban colores que ninguno de los elementos conocidos justificaba. En medio ácido y caliente, daban rojo intenso. En medio alcalino, amarillo. Reducidas con estaño o con cinc, daban azul. Era un perfil cromático rico y reproducible, distinto del de cualquier elemento del catálogo. Del Río pensó, con buena lógica del momento, que se trataba de un metal nuevo.
Tras varios meses de análisis, lo llamó pancromio —del griego, «todos los colores»— y, después, eritronio —del griego, «rojizo»—, en referencia a las sales rojas de su forma más oxidada1. La caracterización que dejó por escrito es razonable y, vista hoy, claramente correcta. El elemento que describe es vanadio.
Del Río escribió a las academias de Europa describiendo su hallazgo. Mandó muestras del mineral. La logística de la comunicación científica en 1801, en plena guerra entre potencias europeas, con el Atlántico patrullado, era brutal: las cartas tardaban meses; los paquetes con muestras minerales podían perderse o quedar varados en aduanas; las academias respondían cuando podían y a quien querían. Del Río envió, esperó y siguió trabajando.
Humboldt en la habitación
En 1803, Alexander von Humboldt llegó a México como parte del viaje americano que lo haría famoso. Conocía a del Río desde Freiberg —habían sido condiscípulos— y lo visitó en el Seminario. Del Río le mostró sus cuadernos, sus muestras, sus análisis del mineral de Zimapán y su hipótesis del nuevo elemento. Humboldt, impresionado, se ofreció a llevar muestras a Europa, a traducir los manuscritos, a presentar el caso ante las autoridades de París.
Esta es la parte de la historia donde aparece el detalle que la tradición ha ido fijando con cierto descuido. Humboldt no era especialista en química. Era un naturalista de formación amplia y autoridad inmensa, pero no estaba en posición de defender técnicamente un análisis ajeno frente a los químicos de la Académie des Sciences. Lo que podía hacer —y lo que hizo— era abrir la puerta. Las muestras y los manuscritos llegaron a París hacia 1804–1805, y se le encargó al químico Hippolyte Victor Collet-Descotils el análisis confirmatorio.
Collet-Descotils era un químico solvente, formado con Vauquelin, autor de trabajos respetables. Tomó las muestras, las analizó por sus propios métodos, y concluyó que el material no contenía un elemento nuevo: lo que del Río había llamado eritronio era —según él— cromo impuro, contaminado por óxidos de plomo. El análisis francés era, dicho en lenguaje de hoy, simplemente erróneo. Pero llevaba el sello de una academia con autoridad y del Río, en México, sin posibilidad de rebatirlo en un debate cara a cara, recibió la noticia con la mezcla de obediencia y duda que el momento exigía.
El detalle decisivo: del Río se retractó. En la edición ampliada de su Orictognosia, en 1805, indicó que su eritronio era posiblemente cromo y que el descubrimiento no era genuino. La retractación, vista hoy, parece un acto de docilidad excesiva. Vista en su tiempo, es la posición razonable de alguien que no podía permitirse contradecir a la Académie sin medios para defender el contraexperimento. Aceptar a Collet-Descotils era, en términos del régimen epistémico del momento, lo correcto. La verdad estaba en París; del Río escribía desde Tacuba.
La oxidación, la tinta, el manuscrito perdido
La historia interna del eritronio se complica con detalles cuya verificación requiere todavía trabajo de archivo. Hay correspondencia, hay manuscritos, hay testimonios indirectos. Lo que parece consolidado es que del Río dudó pero no dejó de mencionar, en sus clases y en sus escritos posteriores, que había algo en aquel mineral que no encajaba con las descripciones del cromo. La duda intelectual sobrevivió a la retractación pública.
En 1830, casi treinta años después del análisis original de Zimapán, el químico sueco Nils Gabriel Sefström anunció el descubrimiento de un nuevo elemento en una muestra de mineral de hierro de Taberg, en Småland. Lo llamó vanadium, en honor a Vanadís, otro nombre de la diosa nórdica Freyja, asociada a la belleza —en alusión, decía, a la riqueza cromática de los compuestos del metal—. Era el mismo elemento, encontrado por la misma riqueza de colores, treinta años más tarde.
El reconocimiento sueco fue inmediato. Friedrich Wöhler —el mismo Wöhler de la urea— se interesó por la noticia, repitió el análisis, lo confirmó, y luego se acordó de algo. Tenía en su laboratorio muestras antiguas del mineral mexicano, enviadas en su día por del Río o derivadas de los envíos de Humboldt. Las analizó y descubrió que el «cromo impuro» de Collet-Descotils era en realidad eritronio, es decir, vanadio. Y lo dijo, además: la prioridad correspondía a del Río.
Quién recibió el crédito
La declaración de Wöhler debió haberse traducido en una corrección historiográfica. No fue así, o fue así con toda la pereza que la inercia académica permite. El nombre que se quedó fue vanadio; el descubridor que se nombra en los manuales es Sefström. Del Río, cuando aparece, aparece como una nota a pie. La historia oficial es la del químico sueco que, a partir del Taberg, dio nombre a un elemento. La historia real es la del mineralogista de origen español que, desde la Nueva España, lo aisló tres décadas antes y fue corregido por una academia que se equivocó.
Del Río vivió hasta 1849. Tuvo tiempo de saber que tenía razón, de leer los trabajos de Sefström, de escribir cartas reclamando lo que le pertenecía. La química mexicana del XIX lo defendió, con la voz que tenía. La química europea, ocupada en otras cosas, no le escuchó. Murió en la ciudad de México, donde había vivido más años de los que vivió en cualquier otra parte. Está enterrado allí.
Hay un cierto consenso, en la historiografía moderna de la química, en reconocer que la prioridad de del Río fue real, que su análisis era correcto, que su retractación fue forzada por la presión epistémica de París, y que el crédito posterior se distribuyó injustamente2. La cuestión de qué hacer con esa injusticia —si renombrar el elemento, si añadir el nombre de del Río a Sefström, si simplemente recordar la historia— es una de esas decisiones que los campos científicos rara vez toman porque les costaría reescribir manuales. La narrativa oficial pesa.
Lo que el caso dice
El caso del Río es más útil cuando se lee no como una anécdota patriótica —«un español/mexicano descubrió antes que un sueco»— sino como un caso clínico de cómo funciona la atribución de descubrimientos en una ciencia organizada por centros y periferias.
La química de 1800 era, geográficamente, un sistema con muy pocos centros. París, Berlín, Estocolmo, Londres, en menor medida Edimburgo y Upsala. Lo que pasaba fuera de ahí no era automáticamente científico. Tenía que pasar por uno de esos centros para serlo. Una observación hecha en Zimapán y publicada en México podía ser excelente, pero no era ciencia hasta que la Académie la admitiese.
Esto no es una conspiración. Es una asimetría estructural. En los centros estaban los instrumentos de mayor calibración, los reactivos de mayor pureza, los archivos comparativos contra los que verificar análisis. En la periferia estaban los muestras, los problemas reales, los descubrimientos posibles. La epistemología del momento privilegiaba la verificación sobre el hallazgo, lo que significa que un hallazgo no verificado no era nada y la verificación solo ocurría en cuatro o cinco ciudades del mundo.
Del Río perdió porque jugó por las reglas del sistema. Mandó muestras, esperó verificación, aceptó la corrección del centro. La forma en que se podría haber «ganado» —ignorar la corrección, seguir publicando, construir una escuela que defendiera el eritronio— no era viable: el seminario de minería tenía pocos discípulos, México estaba a punto de entrar en una guerra de independencia que duraría una década, y del Río no tenía detrás una institución capaz de sostener una posición contra París. La asimetría se traduce en biografías concretas.
La química colonial, en serio
Si el caso del Río parece único, no lo es. Es solo el más conocido. La historia de la química en la Nueva España y, más tarde, en el México independiente, está hecha de momentos parecidos. Joaquín Velázquez de León, Manuel Ruiz de Tejada, Bartolomé de Medina —el inventor del beneficio de patio, el método de amalgamación con mercurio para extraer plata— pertenecen a una larga tradición de química práctica novohispana que la historia general de la ciencia ha ido olvidando. Los hermanos Elhuyar, que aislaron el wolframio en España en 1783, eran a su vez vascos formados en Suecia y trasladados después a América; uno de ellos, Fausto, dirigió el Tribunal de Minería en México y fue el promotor del Seminario donde luego enseñaría del Río.
Existe, dicho de otra manera, una química hispanoamericana del XVIII y del XIX que es razonablemente buena, técnicamente competente, conectada con los centros europeos por correspondencia y por viajes. No fue una ciencia precaria. Lo que fue precario fue la capacidad institucional para defender resultados frente a los centros, sobre todo cuando los centros se equivocaban. Eso es lo que hace que el caso del Río sea representativo: no es un fallo de calidad, es un fallo de poder.
Por qué leer hoy a del Río
Hay quien se acerca a del Río por nostalgia o por reivindicación. Vale la pena leerlo, en cambio, por razones más prácticas. Su Orictognosia —en cualquiera de sus ediciones, hay reproducciones digitales razonables— es un manual de mineralogía descriptiva que, leído hoy, da una imagen extraordinaria de cómo se hacía química experimental con los recursos del momento. Lectura larga: las descripciones de pruebas con soplete, los análisis por vía húmeda, los criterios de pureza, la forma en que se construye una identificación de mineral a partir de propiedades físicas y químicas. Una buena parte del oficio que aprendemos hoy en formas mucho más sofisticadas tiene su antepasado directo en esos cuadernos.
Y luego está la historia del eritronio, que vale la pena releer despacio porque es —entre otras cosas— una lección sobre por qué la confianza es un componente científico tan importante como la técnica. Del Río tuvo razón. Se retractó porque, dado el sistema en el que vivía, era razonable retractarse. Hizo lo correcto en la dirección incorrecta. La historia es triste pero no es trágica; lo que se perdió fue el nombre, no el conocimiento. El elemento existe; el método de del Río fue el primero que lo encontró; el sistema tardó treinta años en aceptarlo. Si uno trabaja en la periferia de cualquier sistema científico, conviene saber que estas cosas pasan, y conviene saber cuándo retractarse y cuándo no.
El vanadio se llama vanadio. Pero quien aisló el elemento por primera vez fue Andrés Manuel del Río, en una mesa de la Ciudad de México, en torno a 1801, con un mineral de Zimapán que cambiaba de color según el ácido. La historia se puede contar de otras maneras, pero esa es la primera.
Notas
- El cambio de nombre, de pancromio a eritronio, es ya en sí un dato interesante: del Río corrigió su propia nomenclatura sobre la marcha al darse cuenta de que la combinación de colores no era específica de este elemento sino general en metales con varios estados de oxidación. La elección final apuntaba al rasgo más distintivo —las sales rojas del estado más oxidado— y muestra a un científico atento a la lógica nominalista de la química lavoisierana. ↩
- La revisión historiográfica ha sido lenta pero existe. La química mexicana del siglo XX —y, dentro de ella, las generaciones que pasaron por la UNAM y el IPN— recuperó el caso desde mediados del XX. En el ámbito hispanohablante, la atribución a del Río es hoy estándar; en el ámbito anglosajón, se reconoce con mayor o menor entusiasmo dependiendo del manual. ↩